Dolor crónico postherniorrafia inguinal

M.ªI. Castañeda Olano , J.A. Tovar Rivas , M.ªP. González Obregón , R.C. Rivera Díaz

*Correspondencia: J.A. Tovar Rivas, Email no disponible

Resumen

El dolor crónico postherniorrafia inguinal (DCPHI) es una condición clínica caracterizada por dolor incapacitante, que afecta a ambos sexos y cuyo control farmacológico es difícil. Aunque su incidencia no está del todo definida, podría ser tan alta como del 50 al 63% a un año de seguimiento y del 23% a los tres años, y es muy significativa la limitación física, personal y laboral que produce en algunos pacientes. Existen factores de riesgo para el desarrollo del dolor crónico inguinal asociados a la cirugía (uso de malla, cirugía abierta, no preservación de estructuras), el paciente (dolor crónico previo relacionado o no con alguna cirugía, género, edad) y las complicaciones relacionadas con el procedimiento (recidiva, infecciones, hematomas). En el área inguinal existen cinco nervios que podrían estar relacionados con la aparición del dolor: el ilioinguinal, el iliohipogástrico, el genitofemoral, el cutáneo femoral lateral y el femoral, los cuales tienen, en general, un origen entre las raíces nerviosas de T12 a L3, por lo que en ocasiones es difícil identificar cuál de ellos está involucrado en la generación del dolor solo por su trayectoria, ya que frecuentemente hay comprometida más de una de estas estructuras en la aparición del mismo. Este cuadro clínico se puede manifestar con dolor de tipo somático, neuropático o visceral cuya característica común es la lesión de los nervios o la fibrosis que se genera alrededor de ellos, secundaria al procedimiento y a su proceso normal de cicatrización. Se pueden tener en cuenta algunas recomendaciones para evitar su desarrollo, como una adecuada identificación de las estructuras nerviosas, sin lesionarlas o traccionarlas de forma excesiva, considerándolo de cierta forma prevenible. Si bien este dolor está relacionado con el antecedente quirúrgico, no hay que olvidar que se deben descartar algunos diagnósticos diferenciales que pudiesen relacionarse con el procedimiento quirúrgico en sí mismo o sus complicaciones. También hay que descartar otras enfermedades asociadas al paciente de origen pélvico, urológico, reumatológico, neurológico o infeccioso, así como la ganancia secundaria por parte del paciente. Una vez desarrollado el cuadro clínico, el manejo tiene diferentes etapas: empieza con una aproximación farmacológica que depende de las características y el tipo de dolor; continúa con procedimientos de intervención, como los bloqueos nerviosos, cirugía, radiofrecuencia térmica (RFT) o pulsada (RFP), termoablación, y por último, la neuroestimulación. Con todos los procedimientos anteriores se obtienen buenos resultados, pero también pueden surgir posibles efectos adversos que se deben tener en cuenta a la hora de escoger el manejo individual y más adecuado para cada paciente. En conclusión, desde la consulta inicial con el cirujano o el anestesiólogo conviene intentar identificar a los pacientes con riesgo de desarrollar el dolor, hacer un adecuado control analgésico en el postoperatorio, identificar de forma temprana los síntomas compatibles con el cuadro clínico, emplear los medicamentos adecuados y, finalmente, realizar una selección adecuada de los pacientes que se beneficiarán de las terapias intervencionistas disponibles en nuestro medio, que son eficaces, seguras y mejoran la calidad de vida de estos pacientes.

Palabras clave:  Hernia inguinal. Dolor crónico. Ultrasonografía. Bloqueo de nervio. Radiofrecuencia pulsada.

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